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“La ley fue dada por medio de
Moisés”, escribe Juan, “la gracia y la verdad nos han llegado por medio
de Jesucristo” (Juan 1:17). Juan vio un contraste entre la ley y la
gracia, entre lo que nosotros hacemos y lo que se nos da.
Aunque Jesús nunca usó la
palabra gracia, su vida entera fue un ejemplo de la gracia y sus
parábolas ilustraron la gracia. Él algunas veces usó la palabra
misericordia para describir lo que Dios nos da. “Bienaventurados los
misericordiosos” dijo Jesús, “porque ellos alcanzarán misericordia”
(Mateo 5:7 RV60). Aquí Él implicó que todos necesitamos misericordia y
que debemos ser como Dios en este aspecto. Si valoramos la gracia,
daremos gracia a otros.
Mas tarde, cuando le
preguntaron a Jesús por qué se asociaba con pecadores notorios,
contestó: “Lo que pido de ustedes es misericordia y no sacrificios”
(Mateo 9:13, citando Oseas 6:6). En otras palabras, Dios quiere que
mostremos misericordia más que ser perfeccionistas en guardar la ley.
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En la ley no había gracia ni
misericordia. "El que
menospreciare la ley de Moisés... muere sin ninguna misericordia".
Hebreos 10:28. "Maldito el que no confirmase las palabras de esta ley
para cumplirlas". Deut. 27:26.
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La Ley fue dada en el monte
Sinaí. Jehová se manifiesta allí
rodeado de una majestad terrible, en medio de tempestad, truenos,
relámpagos y fuego, advierte al pueblo que no se acerque, que se
mantenga lejos, porque "cualquiera que tocare el monte de seguro
morirá". El lenguaje de la gracia no es en el monte Sinaí donde se
debe buscar. Aquellas circunstancias no son las que acompañan una
dispensación de gracia y de misericordia. En cambio, encajaban
perfectamente en una dispensación de verdad y de justicia. La ley no
era otra cosa. En la ley Dios declara lo que el hombre debe hacer y lo
maldice si no lo hace. La verdad es, como Pablo nos enseña, que "la
ley entró para que el pecado creciese". (1) (Romanos 5:20). La
ley era, en cierto sentido, como un espejo perfecto, enviado del cielo
a la tierra para revelar al hombre cuanto se había desfigurado
moralmente.
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Cuando Dios proclamó la ley,
el pacto de las obras desde lo alto de aquel Sinaí, envuelto en fuego,
lo hizo en un idioma y dirigiéndose exclusivamente a un pueblo, el
pueblo de Israel. Pero cuando Cristo resucitó de entre los muertos,
envió sus mensajeros de salvación y les dijo: "Id por todo el mundo;
predicad el evangelio a toda criatura". Es decir se extendió a todos
los idiomas y toda nación mucho más allá de la nación de Israel
(Judea, Samaria, Jerusalén y hasta lo último de la tierra).
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Cuando Dios le dio la ley a
Moisés, y éste bajó del monte con las tablas, aquel día tres mil
israelitas fueron muertos. ¡Que cuadro tan fiel de lo que era el
ministerio de la ley tenemos en Exodo 32, cuando Moisés desciende y
arroja las tablas al suelo, ante la realidad del pecado del hombre, y
las tablas se hacen pedazos, simbolizando la fragilidad de aquel pacto
que el hombre no podría cumplir, y seguidamente la muerte de los tres
mil como bautismo de sangre de aquel ministerio de muerte y de
condenación! En cambio, cuando descendió el Espíritu Santo en los días
de Pentecostés, tres mil muertos en delitos y pecados fueron salvados.
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La ley es como un acreedor que
nos asfixia cada día con las
cuentas, exigiéndonos que le paguemos hasta el último céntimo de una
deuda que aumenta por momentos, mientras que nosotros estamos cada vez
en peores condiciones económicas. Ahora bien, la ley no tiene
contemplaciones, ni rebaja la deuda, ni perdona un solo céntimo al
deudor. Mientras el pecador no contemple así la ley, como a un
cobrador de entraña de "piedra" y sin misericordia, está teniendo un
concepto errado de la ley. Cristo, como autor de la gracia, es como un
mediador entre dos, digamos deudor y acreedor, que dándose perfecta
cuenta de lo implacable del acreedor y de la insolvencia del deudor,
se presenta a pagar él la deuda, toda la deuda. ¿Por qué lo hace?
Porque es misericordioso.
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La ley y la gracia nunca jamás
estarán de acuerdo. Esta
diferencia está bien marcada en Hechos 15:10-11: "Ahora pues, ¿por qué
tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos yugo (esto
es la ley) que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido llevar?"
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Así que la ley era un yugo
imposible de llevar, antes, ahora y siempre. ¿Cuál era, entonces, la
esperanza de salvación de los apóstoles? "Antes por la gracia del
Señor Jesús creemos que seremos salvos".
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El diccionario define la
"ley" como: "Regla obligatoria", y la "gracia" como: "Favor que hace
uno sin estar obligado a ello". Una corta definición de gracia pudiera
ser: "el amor y favor de Dios para con los que no lo merecen".
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Si yo le hago un trabajo a
un hombre, cuando voy a cobrar y él me paga, no le debo ninguna
obligación. Yo trabajé y cobro mi trabajo; él me paga lo que yo
merezco y no hizo otra cosa que cumplir con un deber. Si una persona
cumple la ley, tiene derecho a ir al cielo sin agradecerle nada a
nadie, porque al infierno van los que no la cumplen. De aquí la gran
verdad de que la salvación se alcanza por gracia pura, humilla al
hombre y ensalza a Dios. Por eso la salvación es para el que no hace
obras, "pero cree en Aquel que justifica al impío".
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¿Qué es lo que hace la ley?
Dice Pablo: "La ley obra ira". (Romanos 4:15). Precisamente la gracia
viene en auxilio del que es perseguido por la ira de la ley. Por eso
es que la salvación "es por fe, para que sea por gracia". (Romanos
4:16). ¿Para qué fue puesta la ley? ¿Para que el hombre fuese salvo
por ella? No. "La ley empero entró para que el pecado creciese". Y
esto es lo único que hace la ley, aumentar el pecado; pero gracias a
Dios que cuando el pecado creció, por el ministerio de la ley,
"entonces, sobrepujó la gracia". (Romanos 5:20). No quiere esto decir
que la ley sea pecado ó que sea mala, nada de eso, el pecado donde
está es en el hombre, siendo nosotros los malos, ya que la ley en sí
es buena. Pero como nosotros no somos buenos, la ley nos condena y la
ley no tiene misericordia ni se compadece de nadie. De aquí
precisamente la suprema necesidad del antídoto de la ley, la gracia.
El que se quiera salvar por cumplir la ley es porque "ignorando la
justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se sujeta
a la ley de Dios". (Romanos 10:3).
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El creyente, salvado por la
gracia, no está ya bajo la ley de Moisés, sino que al ser "hecho
participante de la naturaleza divina" (2ª Pedro 1:4) tiene "la mente
de Cristo" (1ª Corintios 2:16) y es "guardado por la virtud de Dios,
por fe" (1ª Pedro 1:5). De esta manera, viviendo Dios en nosotros, y
haciéndonos partícipes de sus principios morales opuestos al mal, es
como la ley no tiene nada que ver con nosotros, porque Dios ha
derramado en nuestros corazones unos principios, no negativos, como
los del Sinaí, sino positivos, que nos apartan del mal y nos impulsan
al bien, no por preceptos eternos, sino por potencia interna: La ley
que Dios graba en nuestros corazones es distinta, es más gloriosa,
sublime y elevada que la ley de Moisés. Aquélla fue para antes que
viniese la gracia, pero la ley de la gracia, es la ley de Cristo
resumida en el amor.
" La ley
fue dada por medio de Moisés,
pero la
gracia y la verdad nos han llegado por medio Jesucristo ". Juan 1:17
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" Porque el fin de la ley es
Cristo, para justicia a todo aquel que cree ". Romanos 10:4
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" Y de todo lo que por la
ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en EL es justificado todo
aquel que cree ". Hechos 13:39
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Los dos principios son
distintos y en agudo contraste entre si; no pueden ser mezclados ni
añadidos el uno al otro.
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La ley hace que todo dependa
en lo que yo soy para con Dios. La gracia hace que todo dependa en lo
que Dios es para conmigo.
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La ley demanda; la gracia
ofrece.
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La ley condena; la gracia
justifica.
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La ley maldice; la gracia
bendice.
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La ley mantiene en
esclavitud; la gracia liberta al creyente.
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"No estamos bajo la ley,
sino bajo la gracia ". Romanos 6:15
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La ley dice: Esto harás; la
gracia dice: Ya está hecho.
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La ley requiere del hombre
justicia; La gracia pone la justicia de Dios sobre el hombre.
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